Escritores dominicanos
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Territorios en la escritura de Hilma Contreras

Por Ylonka Nacidit-Perdomo

I. Hilma Contreras (1910)

     Hilma Contreras, la laureada escritora, primerísima figura de la narrativa contemporánea caribeña del siglo XX, considerada la maestra por excelencia junto a Juan Bosch del relato breve en la República Dominicana, ganadora del Premio Nacional de Literatura 2002 a la Obra de Toda una Vida que otorga conjuntamente, la Fundación Corripio y la Secretaría de Estado de Educación, y la Secretaría de Estado de Cultura, nace en San Francisco de Macorís en 1910.
     Regresa o re-emerge con una impresionante aureola en este año a la escena literaria. Contreras asiste a la reedición de sus libros, la colección de cuentos Entre dos silencios (1987) y la novela La Tierra está bramando (1986). 
     Su obra literaria publicada es versátil y cosmopolita, llena de expresividad y una fina sensibilidad, la misma comprende 4 Cuentos (1953), El ojo de Dios, cuentos de la clandestinidad (1962), Doña Endrina de Calatayud (1962), La Tierra está bramando (1986), Entre dos si-lencios (1987) y Facetas de la vida (1993). Su bibliografía inédita abarca La Carnada (cuen-tos), Rumias y recuerdos (memorias), De mi Torre adentro (prosa poética), Artículos Po-líticos (publicados en el periódico de la Unión Cívica), y la novela Pueblo Chiquito, infierno grande, además de una inmensa correspodencia privada.
     Ella pertenece a la generación del 30. De vuelta a la vida pública, la narrativa de Contreras recupera actualidad. El mundo cultural dominicano persigue sus obras para conocerla, ade-más fija su atención en su sentir existencialista, en las fisuras que sus obras abren sobre el signo de lo femenino.
     Su pensamiento sensual, de vuelo imaginario, que provoca un deseo inaudito de lectura, só-lo es comparable al de la escritora ucraniana-brasileira Clarice Lispector. Pero lo más inte-resente, en el momento actual, parece flotar desde su rebeldía.
     Hilma Contreras echó por tierra en los espacios de lo público y lo privado, el “desprestigio de la mujer sola, desprotegida de la figura del marido y del padre, con una sexualidad que no se reconoce determinada por el contrato matrimonial”.

II. Estudios y elección

     Cuando tenía diecinueve años, Contreras, con una belleza impresionante y una voluntad fir-me, confrontó el “destino social femenino –matrimonio, maternidad, familiarismo- con el no deseo de ese destino”. Su vida es un paralelismo con el de la protagonista de la novela La brecha, publicada en Santiago de Chile en 1961 por la escritora Mercedes Valdivieso (1926-1992).
     Hilma Contreras tuvo distintos intereses académicos en su vida. En la Universidad de París (Université de Paris) se diploma en grado superior en Lengua Francesa en 1927 con la Men-ción Assez Bien. Ya anteriormente, en 1926, el Consejo Nacional de Educación Superior de la República Dominicana le había otorgado el Diploma de Maestra Normal de Primera En-señanza. En 1928 ingresó a la Sorbona a estudiar Arqueología, para luego especializarse en abadías medievales de los siglos XI y XII. De esta época son los nueve boce-tos o dibujos realizados a tinta sobre papel de Contreras sobre las catedrales de la ciudad de Nevers y Touraine, fecha en la cual también desarrolló su aficción a la fotografía arquitectónica, dejando como vestigio una impecable colección de fotos a blanco y negro tomadas por ella.
     En la Universidad de Santo Domingo cursa, posteriormente, una Licenciatura en Filoso-fía.Compartiendo las aulas con Ana Quisqueya Sánchez, Aída Cartagena Portalatín y En-riqueta (Teté) Vanderlinder, Enrique Patín Maceo, Antonio Fernández Spencer, Manuel Goico Castro y Flérida de Nolasco.

III. Canon literario de Contreras

     En su selecta y cuidada biblioteca personal, Hilma Contreras, agrupó una exquisita bibliografía. Como muestra de sus lecturas podemos hacer mención de la edición de la Imprenta San Luis Gonzaga de 1879 del Enriquillo de Manuel de Jesús Galván; la edición de 1880 del Taller Tipográfico de Cristóbal Miró, en Barcelona, de El ingenioso Hidalgo Don Quijote de la Mancha de Cervantes, así como la edición de 1844 hecha en París por Andrieux, éditor, de los Pensamientos y Cartas provinciales (Pensées, fragments et Lettres) de Blaise Pascal (1623-1662).
     Además encontramos en sus estanterías las obras de Eurípides, Homero, Platón y Aristó-teles. Una colección de hermosos ejemplares de libros sobre arte antiguo, contemporáneo e historia del arte; los cuatros volúmenes del clásico La decadencia de occidente del filósofo alemán Oswald Spengler, donde sostuvo “que cada una de las nueve culturas de la huma-nidad tiene un alma propia, independencia de las demás, y sin embargo todas recorren una trayectoria vital, similar que podemos comprobar”. 
     Integran su selección la colección Austral, donde leyó, entre otras, a sus autores favoritos de la Generación del 98, Miguel de Unamuno y Pío Baroja. Marguerite Duras con Hiroshima Mon Amour, Francoise Sagan con Des á l’ame y Le lit défait, son junto a Simone de Beavoir y Le seconde sexe, la triología de sus autoras francesas predilectas, y Marcel Proust, Albert, Jean Cocteau, Paul Claudel, Sthendal, Jacques Maritain, A. Rimbaud, J. de la Fon-taine, André Maurois, Víctor Hugo, sus autores por excelencia.
     Su canon literario recorre siete literaturas en orden de su descubrimiento y estudio por la autora: 
El teatro clásico y las escuelas filosóficas griegas.
El teatro, la comedia, la novela, la poesía y la filosofía francesa de los siglos XIX y XX.
El teatro y la novela inglesa de los siglos XIX y XX.
La literatura española, con énfasis en los poetas postrománticos y la Generación del 98.
La generación perdida
La literatura dominicana de la generación del 30.
El boom latinoamericano.
     Su canon literario francés lo integran, entre otros: Jean (Baptiste) Racine (1639-1699), Britannicus. J.J. Rousseau (1712-1778), Emile. (Francois René Vizconde de) Chauteaubriand (1768-1848), Oeuvres choisies. André Maurois (1885) Climats. Charles (Pierre) Baudelaire (1821-1867), Les fleurs du mal. Jean de La Bruyére, Caracteres. Octave Feuillet (1821-1891), Le roman d´un jeune Homme Pauvre. Alphonse Daudet (1840-1897), Lettres de Mon Moulin. Anatole France (1844-1924), Les dieux ont soif y Thaïs
     No obstante, es notorio en sus lecturas la presencia del pensamiento de tres importantes filosófos, cuyas obras escogidas, considero marcaron una influencia decisiva en sus concepciones y modo de vida. Uno de ellos es Miguel de Unamuno, con su texto de largo aliento reflexivo Soledad; (Soren Aaby) Kierkegaard, y sus ensayos Vida y reino del amor (Vie et régne de l’amour) y El concepto de la angustia y Jean-Paul Sartre con sus obras L´ Etre et le Néant (El ser y la nada) y Les Cheminis de la Liberté (Los caminos de la libertad).

Territorios en la escritura de Contreras

     Toda la obra narrativa hasta ahora publicada de Contreras, y conocida por el público lector, es indudablemente un registro poético, una escritura de voz intimizada en lo imaginario, para resituar la mirada oblicua de mujeres, que logran acceder a la contemporaneidad de la historia.
     Ruptura, ambigüedad en la escritura, exclusión de la ilegitimidad textual, desarticulación ensayada de un sistema codificado por la configuración sexual de la literatura, para dar al acto de creación una categoría única y universal.
     En Hilma Contreras la escritura, desde el sujeto mujer, asigna a los signos de la subversión femenina, una nueva nominación en la autoría, subjetividades e identidades. Ella es huésped de su imaginación y memoria. La magia de su estilo está en ver la realidad con movilidad para mostrar la nebulosa existencia por la cual va la vida, a fin de ponder en vilo la subje-tividad y el orden de lo cotidiano. Ella siempre quiere soñar, jugar al azar que anda, invoca y conjura con su soledad hacia adentro, construyendo un universo ficticio que apunta una narrativa cuyos signos verbales y de tono poético están llenos de intimidad avasallante, junto a la nostálgica individualidad perdida.
     Contreras es una mujer de afirmaciones, de mirada idealizada, donde persiste el juego del tiempo a través de la escritura y la libertad como objeto de creación.
     Contreras allende de identidades descodificadas desde la estética del lenguaje, da inicio con su narrativa a una literatura hegemónica de mujeres, autosuficiente, con determinantes de discursividad lingüística donde se revela un status referencial en subterráneos laberintos psicológicos.
     La autora en cuestión rescata a través de Entre dos silencios (1987) y La Tierra está bra-mando (1986), un signo deferencial, un signo histórico, acogido como historia oficial. Contreras no sólo da con estas obras a la cultura occidental historias evolutivas de mujeres, evidenciando el corpus de las modernas formas de misoginia , sino que rompe de una vez por todas con el canon de las grandes exclusiones y excepciones.
     En sus cuentos de Entre dos silencios ha creado un mundo distinto y propio. La autora contempla y describe, conectando su reflejo invisible con la unidad superior de su obra: la expresividad, puesto que su lenguaje es sentido y advenido con una configuración femenina determinante.
     En su novela La Tierra está bramando, la autora se apropia de un itinerario de “viajes hacia adentro” como respuesta a la identidad aparentemente enmudecida del sujeto femenino, cuyos fragmentos discursivos trazan la metáfora de la huída, para escapar de un sistema político de dolor irreparable.
     Este texto narrativo trata una realidad literal de confinamiento. Eugenia, en medio de monólogos confesionales, resquebraja para sí misma la soledad, el encasillamiento génerico, y un destino ineludible, víctima de una agobiante dictadura.
     Contreras a través de esta novela de amor, fisionada en un presente de incertidumbre, instaura desde el exilio de la utopía, un bildugsroman para recuperar palabra por palabra la autorrealización fallida, desenmarcarando los escindidos territorios del silencio impuesto.
     La historia que rodea la vida de la protagonista, obviamente, es la de muchas otras mujeres que no asimilaron a la sociedad dominante de su época ni las estructuras del poder patriarcal. Por tanto, su elección fue la angustia existencial y la rebeldía en medio de una fisura de la memoria o la “normalidad” represiva.
     Desde 1937 Hilma Contreras fue portadora de la escritura de un nuevo devenir, con un cruce innegable de transversalidades textuales, quebrando las linealidades de la validación minoritaria. Construyó en y desde el silencio, en el siglo XX para la literatura dominicana, los significantes del “signo mujer”. Allende de las marginalidades de las connotaciones se afianzó en la década del cuarenta como figura primerísima de una narrativa que partiendo de las conceptualizaciones del psicoanálisis prefiguran las “subjetividades que abren la opción masculino/femenino”.
      Haciendo acopio del drama del teatro griego, Contreras diluyó con su lenguaje de sentidos implícitos los paradigmas inscritos en el pensamiento estigmatizado. Interrogó con sus cuentos los órdenes génericos y culturales validada como tales desde hace siglos por la hegemonía masculina.
     Su narrativa, sin dudas, trajo nuevas posibilidades de lectura, en ese deseo manifiesto por las mujeres de ejercer un diálogo entre lo ficcional y lo real, como contrafigura de un acto creativo donde nosotras (las mujeres), estamos dispuestas a indagar por sí-mismas, sobre nuestros cuerpos sexuados y culturizados.
      Todo sus relatos breves de Entre dos silencios emergen de criterios propositivos que interrogan los fines de la existencia femenina o su inserción social marcada por pulsaciones fantasmáticas que movilizan su marginalidad social.
     ¿Cuál fue el proyecto narrativo de Contreras a lo largo de seis décadas? ¿Adentrarse en la oscura vorágine del mundo? ¿Tramar un develamiento de la psiquis “femenina” y de los órdenes dominantes del patriarcalismo? O bien: operar su lenguaje con las claves de la verbalizada emoción, para arrojar al vacío las máscaras y simulacros de los sujetos, sus mínimos gestos de arrobamiento y abandono o maximizar su voluntad de saber, su conmoción insoslayable ante la ambivalencia de la vida?
     El ejercicio de su narrativa la empuja a un extremo consagratorio, como si el escenario del siglo XX fuera en ella el escenario de una solemne gesta.
     Hilma Contreras oficiando la escritura enunció para Latinoamérica, en una época de circunstancias dictatoriales, una re-configuración y re-simbolización del sujeto femenino, puesto que hizo de la escritura –desde adentro-, un gesto transgresor, un derecho humano con nombre de mujer.
     Es esta identidad, esta configuración desde el ámbito de lo privado, el inicio de un aviso, el anuncio enfático de que la gesta colectiva de las mujeres no puede continuar siendo usurpada por los otros, es como la pasión de vida o muerte, porque todas en algún momento hemos estado en desamparo o en una (des) protegida privacidad.
     La gran obra de Hilma Contreras la conforma una narrativa iluminada, halada por esta identidad que gestó, donde abre un caleidoscopio que hila y (des) hila las interrogantes de todas desde el pasado.
     No obstante, Contreras ha ritualizado en sus cuentos de y sobre mujeres una escritura lírica, a través de una estética del relato exploratorio entre lo estético y el discurso ideologizado, puesto que su transgresión no es sólo de reivindicación a través de las voces narrantes; va más lejos. La autora da una jerarquía al género desde un orden simbólico, deshaciendo las triangulaciones edípticas para crear una transitoriedad cuyo ejercicio de posesión es, para el sujeto femenino el desplazamiento de la circularidad intuida por milenios.
     La literatura de Contreras alivia la frágil escisión de la mujer en la historia, la hace protago-nista de su extrañeza de vivir en un campo de lucha donde el placer es sólo la disolución de la pasión, la ritualidad domesticada de un eufemismo a veces armónico, y otras veces, adjetivizado por las relaciones de afecto.
     Todo texto de mujer es generador de identidades, y nos despierta al habla, a las envolturas que apremian los círculos que vigilamos.
     No conozco en la narrativa dominicana una escritora de tanta precisión como Hilma Con-treras, en las piezas de ajedrez que arma como soporte de la textualidad para su creación. Ella puso a su “disposición los órdenes gramaticales y leyes de género” para hacer una propuesta enunciativa que gavitó, gravita y gravitará en torno a un itinerario que recorre las espacialidades de los cuerpos, de las cosas y del tiempo.
      Puesto que no obvió como herramienta la fragmentariedad del relato, las percepciones de la plenitud que trae “la fuerza del silencio”, la línea en fuga del futuro como requerimiento de la memoria o permanente errancia de un designio en ejercicio de introspección, cuyos intersticios recupera un saber de sí, una confabulación de signos plural, puesto que (des) marca y expone una grafía en duelo que es, el recuerdo.
      El recuerdo en las mujeres como Contreras es, ausencia/presencia, y a veces un retorno guiado en la confirmación de la otredad. La mujer/tiempo seduce las máscaras que exhiben todos los sujetos, mujeres y hombres, y la engañosa apariencia. Puesto que su narrativa territorial significa preservar el misterio, esa media o pretexto que inmoviliza proscritamente el tú y el yo como leit motiv.
     Es el misterio de su silencio, su renuncia a la vida pública y la maestría de su arte de narrar, la fuerza atrayente de su trascendencia, ya que desde sus habitaciones literarias piensa, vive y siente en relación a sus circunstancias y contingencias.
     Hoy, a sus noventa y dos años, de vuelta a ese complejo e infinito espacio de la literatura, existe de manera eterna ante los ojos de los otros en una época ondulante, de escape al instante.
    


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