Escritores dominicanos

Página dedicada a la promoción de la literatura dominicana

Cuento de
Rafael Garcia Romero
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El regreso


   
Una noche recibirás una visita y será él. No, no será él de inmediato. En la casa todo estará apagado, oscuro, desarticulado y tú inadvertida hasta ese momento, último o primero, de abrir la puerta. La puerta se abre. Los dos en el hueco abrupto de la puerta, enfrentados. Ahí estará él mirándote y tú mirándolo en silencio, cruzando prolongadas frases de silencio y miradas articuladas y de reconocimiento, construyendo un estado de certeza y que hace un tránito, atrapada en una malla de sensaciones distintas: éxtasis, asombro, agonía, una estela  de emoción sin ningún requiebro en el rostro que la delate. No hubo una sonrisa, quiso mirarlo y mantuvo fija la mirada en el rostro hasta caer en el convencimiento absoluto. Era él; sí, al fin; pero no lo piensas conscientemente, atacada de alegría, sino más bien bajo esa mirada diferente, distinta y callada. Era una mirada de esas que vienen del pasado, que viajan miles de años en un instante, que tienen un punto de apoyo en el presente y mueven ese mundo interior, íntimo, de recuerdos fraguados a fuego y besos. Los hábitos no cambian. Creía en los pactos, anónimos, en la vivacidad del regreso, la demanda que trae una mirada, breve y mortífera. El vendaval del amor bajo un silencio cómplice. Nada tenía sentido allí, salvo el rumor que trae los recuerdos de los besos y las caricias. Todo el amor, todo el verbo amar de los cuerpos. Él hacía mucho que no iba, no llamó, nadie sabía de él: desapareció. No tuvo otra alternativa. Desapareció en el aire, igual que una bendición; pero los hábitos no cambian de la noche a la mañana. Ella, que luego del baño, se hace un trago y lo bebe despacio, echada en el sofá, personalmente abriría la puerta si él tocaba a esa hora de la noche. Toca. No se equivo có. Ella abre u ahora están a uno y otro lado de la puerta. Ella mirándolo. Era una mirada fría y llena de deseo, perdida en los ojos de él, que leyó de inmediato, con certeza, todo ese deseo que había agazapado en aquella mirada fría. Ella, todavía con el pomo de la puerta agarrado, cerrándole el paso, parecía una foto de ella misma, viva, inmóvil. Estaba en camisón, el camisón azul de siempre y el cuerpo de una mujer debajo, desnudo: un cuerpo recién bañado, con perfume de jabón. Las palabras de enojo, de desamor, de franco odio, gritadas con determi-nación, en un pasado reciente, cayeron bajo su mirada. Él vio en sus ojos una inmensa necesidad. Ella descubre en los ojos de él una inmensa mansedumbre. Eran palabras del alma, sueltas, que se escapan a través de los deseos. Avanzó hacia ella, tomó su mano, suave. "Vine. La vida sin ti ya no es posible. Estoy de vuelta". Era la verdad; pero fueron palabras que él no dijo. Ella quiso que las dijera. Ahora, frente a ella, fue suficiente: vio aquellas pala-bras en los ojos café que la miraban y se hizo a un lado y dejó que entrara. El deseo era toda su voluntad, el sentido: y la tomó. La tomó por partes y toda, hambrienta. No hay nadie des-pierto a esa hora. A esa hora a nadie despierta un amor silencioso en la casa, tirado en el sofá. Ella, llena de puertas que iban cediendo. Enorme la casa, a media luz la sala. El camisón cayó; pero él quedó previsiblemente vestido, salvo su punto de apoyo, el vínculo, la unión de los sexos; pero luego, al paso de los besos, también quedó desnudo. Todos los cuerpos y el sexo de todas las noches estaban en sus cuerpos. Pronto se envolvieron en el amor, amándose con el desenfreno y la guerra de todas las batallas juntas. El gozo abrió un nuevo sentido de la eternidad. El acero entró heroico y despertó la bestia en ella, detuvo el tiempo de la necesidad, de la ausencia, de las llamadas afanosas, gritadas en la cama, arrepentida ella y sola, contra la fría almohada, sin que él acudiera. En distintas posiciones encontró los ojos de ella con un acento de sensualidad, de abierto gozo. En los ojos: éxtasis. Agonías que anuncian una muerte que no llega; y otra mirada bajo el punzante refulgor del placer, más poderosa y de alerta, con odio. Mientras van y vienen los cuerpos percibe su aliento, el gozoso sonido de su aliento antes de que entren en el tramo de la entrega, enloquecedor, de gran actividad, en la que él llega con determinación y avidez y ella cae en un profundo pozo de felicidad, entre sobresal-tos y gritos acallados. Ella, con los ojos cerrados, besaba su rostro con ternura nueva. Balbu-ceaba "te quiero" y él se imaginaba la noche que se haría profunda y bella minuto a minuto. El "te quiero" se iba transformando en "ámame", "no te detengas, amor" y otras frases así de fáciles y comunes que refuerzan el camino de las manos y le dan un sentido de gozo absoluto a las caricias de los amantes. La mujer sabe, ese momento le dice, así como están, ella sobre él, que cualquier minuto ajeno al sexo, fuera de su poder y su vigor, era insignificante, que ese momento entró firme e indeleble en la galería de sus recuerdos, que otros momentos de mayor intensidad despertarán de nuevo sus cuerpos y que el amor hecho así, a fuego y en silencio, se traga todo el odio miserable, toda maldición gritada contra él y la otra, que lo a-rrancó de su lado. Esa, que lo perdió hasta hoy, era, sobre todo, la responsable de su ira. El arrepentimiento la venció. Primero sola y orgullosa, vacía; luego se vio llorando. Lloraba. No sabe qué,  si  las razones ya no las recuerda, o quién, aquella vez, la animó a gritarle, sin ninguna piedad, haciendo uso de los calificativos más soeces que encontró para descalificarlo entre sus amigos comunes a la hora de apartarlo con definitivo escándalo de su vida.En el sofá estaba el presente, y ella con él, de vuelta, acariciando suavemente su cintura. Mató los recuerdos, quietos los cuerpos, agotado el amor, su cabeza con el pelo desparramado sobre su hombro.

    La mujer sabe que ese momento era un mundo nuevo. No era un sueño; pero soñó mucho con ese momento: él inventándole de nuevo un mundo. No era necesario, pero le gritó al oído amor, te quiero. Amor, amor. Claudia, gritó él entre susurros. Claudia, dijo a su oído. Claudia. Así como inició el ataque cesó, en silencio, bajo un fuego cruzado de besos. Una y otra mirada. En su vida, Claudia era la sucesión de besos, arrullos y entrega de una mujer nueva cada día. Era para él lineal y distinta, infinita: una mujer que tiene ese refucilo de ternura en la mira-da. Una mirada que a la vez abruma, profunda y absoluta. La mirada de él era lavada y triste, vacía. Nadie dijo nada. No dijo nada él cuando se marchó y no dijo nada ella cuando lo mira sin querer despedirse. Era una mirada que se iba consumida en su mirada, que también era de gozo, que arde y quema. Entonces cerró, detrás de él, suavemente. El cuerpo se volvió un suspiro y se quedó cargada contra la puerta, todavía bajo tímidos estertores. Llevó la mano y se acarició el sexo mientras le vino a la cabeza un par de versos tristes de un poeta: Es tan corto el amor y tan largo el olvido. Estaba feliz y se sonrió. No sabe si volverá, o cuándo la llamaría. En medio de su desvelo, desnuda, tomó el camisón y abrazó la tela suave y soñó despierta, con él de nuevo. Era tiempo de componer el caos, arreglar la sala, devolver al sofá los almohadones tirados, apagar la luz y marcharse a dormir junto a su esposo, que aguarda por ella, en la habitación.