Escritores dominicanos

Página dedicada a la promoción de la literatura dominicana
                  Panorama histórico del cuento



El culltivo del cuento en República Dominicana -del cuento moderno tal y como se entiende el genero actualmente- se inicia en la segunda mitad del siglo XIX, lo que implica una aparición tardía del género en el país en re-lación con muchos otros países latinoamericanos. Antes del siglo XIX los cuentos de consumo nacional provenían de la tradición escrita y oral europea, es-pecialmente de las fuentes primarias del género en España, como El conde Lucanor. Esos re-latos, tradiciones  y leyendas llegaron a la isla a través de los conquistadores y fueron disem-inados por todo el territorio nacional por los intelectuales y religiosos españoles que se esta-blecieron en Quisqueya durante los tres siglos y medio de dominio español. 

      El primer texto narrativo breve dominicano es "El garito", un relato escrito por Alejandro An-gulo Guridi y publicado en el periódico capitalino El Orden en 1854. La historia de Guridi es de corte moralizante y su protagonista no es dominicano, sino mexicano. A ese período embrio-nario pertenecen también los relatos "La ciguapa" y "La Campana del higo" (Francisco Javier Angulo Guridi), "El encargo difícil" (Rafael Deligne), "Tradiciones quisqueyanas" (Eugenio Des-champs), "El negro comejente" (Francisco Mota) y "La bella Catalina" (Apolinar Perdomo). Pese a que los cuentos modernistas y fantásticos del nicaragüense Rubén Darío y los naturalistas del francés Guy de Maupassant despertaron mucho interés en los escritores nacionales de la segunda mitad del siglo XIX, incluso tuvieron algunos imitadores, como Jacinto J. Peynado Andrés Freites, Luis Garrido, Alberto Arredondo Miura, Luisa Ozema Pellerano, Amelia Francis-ca y Federico Henríquez y Carvajal. entre otros, estos autores no lograron mínimamente igualar el discurso de sus modelos. El medio de difusión utilizado por este último grupo para dar a conocer sus textos fue La Revista Ilustrada. En las narraciones de estos primeros cuentistas locales predominan los cuadros de costumbres, las fábulas, las leyendas y las tradiciones. El autor más brillante de esta última modalidad es Cesar Nicolás Penson con Cosas añejas (1891).

     El siglo XX lo abren, con buen pie, Virginia Elena Ortea con Risas y lágrimas (1901), Amelia Francisca con Cierzo en primavera (1902) y José Ramón López con Cuentos Puertoplateños (1904). A esas voces se suman la de Manuel Florentino Cestero (Canto a Lila, 1906) y las de los románticos Fabio Fiallo (Canto del Cisne, 1908) y Tulio Manuel Cestero (Ciudad romántica, 1911). Entre 1911 y 1930 aparecen alrededor de quince libros de cuentos, pero ninguno de ellos entra en la categoría de lo que podría considerarse como cuentos propiamente domini-canos, pues su temática estaba divorciada de la realidad nacional. 

     Durante la tiranía de Rafael Leonidas Trujillo Molina (1930-1961) aparece una veintena de cuentistas de los cuales hay, por lo menos, diez dignos de considerarse como practicantes conscientes del género. Ellos son: Juan Bosch (Camino real, 1933, Dos pesos de agua, 1941, La muchacha de la Guaira, 1955, Cuentos de Navidad, 1956); Ramón Marrero Aristy (Balsié, 1938), Freddy Prestol Castillo (Paisaje y meditaciones de una frontera, 1943), José Manuel Sanz Lajara (Aconcagua: viajes y cuentos, 1950) y Delia Weber (Do-ra y otros cuentos, 1952), Hilma Contreras (Cuatro cuentos, 1953), Néstor Caro (Cielo negro, 1949, Sándalo, 1957), Angel Hernández Acosta (Tierra blanca, 1957), Virgilio Díaz Grullón (Un día cualquiera, 1958) y Sócrates Nolasco (Cuentos cimarrones, 1958. En todos ellos predomina, de algún modo, lo rural. Pero no lo rural exótico y exuberante del romanticismo y del naturalismo decimonónico, sino lo rural agreste y cruel al estilo de algunos relatos de Cuento de la selva, de Horacio Qui-roga o de La Voragine de José Eustasio Rivera, donde la naturaleza se vuelca contra el hombre convirtiéndose en su enemiga. Abundan también los pasajes fantásticos y maravillosos, la tradiciones campesinas, lo filosófico y lo psicológico. El más prolífico cuantitativamente y cua-litativamente de ese grupo es Juan Bosch.

     Partiendo de su "Teoría del arte de escribir cuento", cuya versión final fue difundida en 1958, la cual está sustentada en la unicidad temática, la concisión y la fluencia constante, Bosch dota a la narrativa nacional de personalidad propia. La sátira política directa, la estampa social, el costumbrismo y la tradiciones, modalidades predominantes en todo el correr del siglo XIX, entran en declive con el advenimiento de Bosch a la literatura dominicana. Entre 1932 y 1960 Bosch escribió algunos de sus cuentos políticos y fantásticos más valio-sos: "La mujer' (1932), "La bella alma de don Damián" (1939), "Dos pesos de agua" (1941), "Luis Pie" (1943), "El so-cio" (1940), "El río y su enemi-go (1942), "El difunto estaba vivo" (1943), "El indio Manuel Sicuri (1956), "Cuentos de Navidad" (1956) y "El hombre que lloró". En estos relatos, recogidos pos-teriormente en Cuentos escritos en el exilio (1962) y Cuentos escritos antes del exilio(1975), Bosch pone al campesino y al hombre humilde dominicano en contacto con su propia realidad y lo lleva a desentrañar el mundo exótico y misterioso narrado por sus antecesores, un mundo ficticio lleno de príncipes, reyes y emperadores inexistente en la realidad dominicana.

     El asesinato de Trujillo abrió nuevas vías de expresión a los narradores dominicanos. Se produjo repentinamente un rechazo a la temática del pasado, relegando lo rural a un segundo plano. La ciudad, dice Pedro Antonio Valdez, "dejó de ser inabordable y pasó a convertirse en un espacio inclemente a trans-formar. La ciudad sustituyó al campo; la fábrica, a la finca; el hombre de ciu-dad, al campesino; el gerente, al terrateniente?y de esa manera el espacio ur-bano, ya jamás el rural, se tradujo en elemento de lucha y liberación". Incluso, muchos narra-dores de la generación anterior que al momento de la caída de Trujillo apenas habían mani-festado tímidamente sus dotes de cuentistas, como Aída Cartagena Portalatín, José Rijo, Hilma Contreras, Néstor Caro, Virgilio Díaz Grullón, José Manuel Sanz Lajara y Marcio Veloz

Maggiolo, desarrollan el grueso de su obra bajo estas nuevas premisas. El primer lustro de la década de los 60 fue un período de reafirmación para el grupo antes citado y, al mismo tiempo, un decenio clave para el destino inmediato de la narrativa corta dominicana.

     La aparición de los grupos culturales y literarios La Mascara, El Puño, La Antorcha, La Isla y el Movimiento Cultural Universitario, surgidos a partir de la guerra de abril de 1965, fue decisiva para el trabajo creativo de los escritores que produjeron los textos más representativos entre 1961 y 1978. Los concursos literarios organizados por estas agrupaciones estimularon la produc-ción de Marcio Veloz Maggiolo, René del Risco Bermúdez y Miguel Alfonseca, entre otros. Todos ellos fueron exponentes de un discurso urbano dominado por la cotidianidad. De ese modo, el bar, la cafetería, las plazas públicas, el zapatero, el pregonero, la prostituta y la calle El Conde se convirtieron en materia prima para estos jóvenes narradores. De esa época son algunas de las historias de El prófugo (1962), Creonte: seis relatos (1963) y La fértil agonía del amor (1965) de Veloz Maggiolo, así como los cuentos  "La boca" (1966), "El enemigo", (1966) y "Delicatessen" (1971) de Miguel Alfonseca, y "Ahora que vuelvo, Tom", "En el barrio no hay banderas" y "El mundo sigue, Celina"de René del Risco Bermúdez.

     En los años 70 encontramos, además de la citadino de la década anterior, el desasosiego político y la ansia de libertad que sintió el país a causa de la represión política del momento. Narradores como Carlos Estaban Deive, José Alcántara Almánzar, Armando Almánzar Rodrí-guez, Diógenes Valdez, Efraím Castillo, Pedro Peix y Roberto Marcallé Abreu intentaron iluminar las zonas tenebrosas que calcinaban las aspiraciones de cambios sociales del pueblo domi-nicano. Ese grupo de cuentistas galardonado en numerosas ocasiones tanto en los concursos de Casa de Teatro como en los premios nacionales otorgados por la Secretaría de Estado de Educación, se apropió del escenario literario nacional durante todo el decenio de los 70 y parte de los 80.
 




    
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