Escritores dominicanos

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   El romanticismo en la literatura dominicana


  
ROMANTICISMO. Movimiento literario aparecido en Alemania hacia 1795. Se extendió por toda Europa por alrededor de tres décadas. Su declive comenzó hacia 1830. Más que una manifestación artística opuesta a las tendencias clásicas prevalecientes en la Europa de finales del siglo XIX, el romanticismo abogaba por una actitud específica con respecto al mundo, reforzando los valores que intervienen en el desarrollo del espíritu humano. Sus principales representantes fueron: en Alemania Schiller y Heine; en Inglaterra Wadsworth, Walter Scott, Byron y Keats; en Francia Víctor Hugo, Chauteaubriand y Lamartine y en España El duque de Rivas, Espronceda y Becquer. El romanticismo hispanoamericano abarca casi todo el siglo XIX y el mismo coincide con el proceso de lucha de independencia de la mayoría de los países latino-americanos.

     Pedro Henríquez Ureña lo ha situado entre 1830 y 1890. Es decir, se inició en América cuan-do ya estaba en decadencia en Europa. Entre los autores más sobresalientes se destacan Esteban Echeverría, José Mármol, Jorge Isaacs, Domingo Faustino Sarmiento, Juan Montalvo). Además del ansia del infinito, la ironía, la nostalgia, la exaltación del yo, la difusión de lo popu-lar y la vuelta a las creaciones medievales como símbolo de lo legendario, que son caracterís-ticas comunes de todo el movimiento romántico europeo, los escritores hispanoamericanos incorporaron al movimiento romántico la fuerza y el esplendor de la naturaleza, la búsqueda constante de la libertad y la reafirmación de la nacionalidad a través de la revalorización de la historia.

     El romanticismo dominicano está estrechamente ligado al proceso de liberación nacional y surge, pese a los balbuceos poéticos de los trinitarios Juan Pablo Duarte, Pedro Alejandrino Pina y Juan Isidro Pérez, después de consumada la independencia política dominicana en 1844. El primer escritor nacional en expresarse en términos románticos fue Javier Angulo Guridi quien publicó en Cuba, en 1843, el poemario Ensayos poéticos. Su mejor obra romántica, tanto en la técnica como en la temática, es el drama poético Iguaniona (1881). El romanticismo de Guridi lo caracteriza su interpretación del paisaje, a su apego a la patria y el dejo de lejanía que acompaña a muchas de sus composiciones. Algunos estudiosos de la literatura dominicana, entre ellos Carlos Federico Pérez, atribuyen la primacía del romanticismo dominicano a Manuel María Valencia, Sin embargo, los textos de corte romántico de Valencia son posteriores a los de Guridi.

     Felix María del Monte es otro integrante importante del primer grupo de románticos domi-nicanos. Del Monte intervino activamente en las luchas independentistas y en la vida intelectual de la recién nacida República Dominicana. Eso coadyuvó a fortalecer el carácter patriótico de sus escritos. De su obra se destaca, además de las letras del primer himno nacional dominicano (1844), los dramas  La vírgenes de Galindo y Duvergé o las víctimas del 11 de abril, El último abencerraje y El mendigo de la catedral de León. Su nombre también figura entre los pioneros de la corriente indianista nacional con Ozema o la joven indiana. La primera estampida romántica dominicana la completan Nicolás Ureña de Mendoza, iniciador del costumbrismo dominicano y Felix Mota, señalado por Joaquín Balaguer como “en primer dominicano que intentó aclimatar en la poesía de lengua española los ritmos de la métrica clásica”.      

     La anexión a España, consumada por Pedro Santana el 18 de marzo de 1861, fue nefasta para el destino político y cultural del pueblo dominicano. La acción de Santana frenó tempo-ralmente el impulso y las motivaciones creadoras de los escritores surgido a raíz de la inde-pendencia, pero al mismo tiempo generó el repudio de éstos y de numerosos estratos sociales de la población. Gracias al arrojo de un grupo de patriotas antianexionistas comandados por Santiago Rodríguez y reforzado en la zona del Cibao por Gregorio Luperón las tropas españolas fueron expulsadas del país el 11 de julio de 1865, en una gesta conocida en la historia dominicana con el nombre de  Restauración. Ya restablecida la nacionalidad los escritores de esa época, testigos directos de las luchas emancipadoras, comenzaron a exaltar la grandeza de la novel nación y a revisar los desaciertos de la colonización. Surge así un segundo período romántico, cuya existencia se prolonga hasta casi entrado el siglo XX. En el mismo confluyen poetas, novelistas, cuentistas, dramaturgos y ensayistas. Las dos voces líricas de mayor brillo de ese período Salomé Ureña de Henríquez y José Joaquín Pérez.

     La poesía de Salomé Ureña, influenciada por el neoclasicismo  español y por las ideas positivistas del educador puertorriqueño Eugenio María de Hostos, contiene un inconfundible tono patriótico, expresado en una profunda fe en el porvenir y en el progreso de la nación dominicana. Sus poemas "La fe en el porvenir", "mi ofrenda a la patria", "Ruinas” y "Gloria del progreso"  reúnen muchas de las características que definen la escuela romántica. No menos valiosa es su poesía sentimental, en la que resalta su amor y apego a la naturaleza y a la familia. José Joaquín Pérez, por su parte, es el máximo representante del romanticismo poético dominicano.

     Es indudable que sus ideas progresistas y su anhelo libertario motivaron su poesía patrióti-ca. Pero su romanticismo cobró mayor fuerza en los temas indianistas, especialmente en Fantasías indígenas, obra en la que Pérez basándose en leyendas e informaciones históricas relacionadas con los primitivos habitantes de La Española, interpreta el destino de la desdichada raza taína inmediatamente después de la llegada de los colonizadores. Sus coe-táneos y las generaciones posteriores le han reconocido como "El cantor de la raza indígena". A Salomé Ureña y José Joaquín Pérez se suman Josefa Antonia Perdomo, quien dio a conocer la mayor parte de su producción poética en 1885 en un volumen titulado Poesías, Manuel Rodríguez Objío, cuya muerte
a los 33 años de edad malogró el desarrollo de una lírica cuya proyección anunciaba a una de las voces más enérgicas de la literatura dominicana decimonónica.

     El romanticismo poético dominicano trascendió al siglo XX con representantes de valía como Arturo Pellerano Castro (Byron) y Fabio Fiallo. Con Pellerano Castro, el criollismo nacional adquiere  nuevos bríos. La  aparición de su poemario Criollas en 1907 agrega a nuestra lírica una frescura poco común en los románticos locales. El caso de Fabio Fiallo es curioso, pues mientras los escritores nacionales de principios del siglo XX se acogían airosamente al discurso de las vanguardias (vedrinismo, postumismo, etc), Fabio Fiallo mantenía su fidelidad a la escuela romántica, muy a pesar de la ranciedad de ésta. Su logro consistió en haber elegido el amor y, en particular, a la mujer como motivo romántico en una sociedad en la que lo político, lo histórico y lo patriótico había predominado en el ambiente literario por más de medio siglo.  

    Su evasión de la realidad social imperante en los años que le tocó vivir, la compensó con una producción poética rica en matices amorosos. O como observa José Enrique García en el prólogo a Canción de una vida, obra completa de Fiallo, “El amor en todos los tonos: puro, imaginado, carnal, engañado, pérfido, pero sobre todo, el amor imposible, el amor idealizado en grado extremo (14). Por su fina sensibilidad para interpretar los sentimientos del alma y por el tono becqueriano de su poesía, cargado de ritmo, armonía y sencillez, fue considerado por sus coetáneos el poeta del amor. Sus poemas "For ever", "¡Quién fuera tu espejo!", "Penilunio" y Gólgota rosa, sirvieron a muchos dominicanos de la primera mitad del siglo XX para sensibilizar el corazón de la mujer anhelada.

      La poesía de Fiallo gozó de gran popularidad entre sus coetáneos, pues desde Primavera sentimental (1902) hasta Poema de la niña que está en el cielo. (1935), pasando, incluso, por sus libros Cuentos frágiles (1908) y La manzana de Mefisto (1934), hizo de la mujer no un instrumento de la carne, sino un don del espiritu.

     La novela dominicana nace también bajo el signo romántico y en ella predominan tres vertientes en el siglo XIX: la costumbrista, la histórica y la indianista, representadas por cuatro obras fundamentales. La primer novela dominicana en orden cronológico es Los amores de los indios, de Alejandro Angulo Guridi publicada en Cuba 1843. Novela indianista relegada al olvido por los estudiosos de la novelística dominicana, posiblemente porque los indígenas de Guridi son cubanos, no dominicanos. A Los amores de los indios le sucede El montero (1948), de Francisco Bonó, obra de tema costumbrista que resalta el valor y las peripecias de los empleados de haciendas llamados Monteros, cuya labor consistía en cazar y recuperar el ganado que se escapaba a los montes. Luego, en 1882 Manuel de Jesús Galván da a la publicidad la versión completa de Enriquillo, novela esencial del indianismo histórico romántico hispanoamericano. El ciclo novelístico decimonónico dominicano  lo cierra Francisco Gregorio Billini con Baní o Engracia y Antoñita (1892), obra exponente del ambiente, las tradicones y las costumbres banilejas de entonces. 

     Con la finalidad de exaltar los valores patrios y poner en perspectiva los acontecimientos historicos más importantes de la sociedad dominicana de la segunda mitad del siglo XIX, Federico García Godoy publicó la trilogía Rufinito, Alma dominicana y Guanuma (1908) y Tulio Manuel Cestero Ciudad romántica (1911) y La Sangre (1913). Estas novelas, aunque cronológi-camente son de las primeras décadas del siglo XX, contribuyeron al afianzamiento del romanticismo dominicano. 

El romanticismo en la República Dominicana no tuvo la misma  incidencia en cuento que en la poesía y la novela, debido a que el surgimiento formal del cuento en el país es posterior al de ambos géneros. Los cuentistas nacionales de esa época se expresaron a través del costumbrismo, fuente en la que se alimentaron de tradiciones La campaña del Higo (1866), de Javier Angulo Guridi y Cosas añejas (1891) y de Cesar Nicolás Penson. Posteriormente, en 1901, Virginia Elena Ortea publicó Risas y lágrimas (1901), un interesante conjunto de tradiciones, fantasías y cuadros de costumbres de corte romántico mediante los cuales captó hábilmente la sensibilidad de sus coetáneos. De 1908 son los Cuentos frágiles de Fabio Fiallo.
   
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