Escritores dominicanos
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Palabra de ida y vuelta: escritura a fondo

Por Rafael García Romero

    
Un escritor hace su oficio a base de su escritura,
de libros publicados, de aportes a través de todos los
medios a su disposición, pero sobre todo mediante
la constancia y eficacia del alcance de su literatura.
     Hay escritores de forma y fondo. Franklin Gutiérrez
está considerado un ensayista, investigador literario,
narrador, poeta de vuelo y eficacia. Además es educador.
     El tiempo ha marcado su obra y a él como escritor.
En un primer momento publicó cinco libros de poesía: Canto a mi pueblo sufrido (poesía, 1973), Hojas de octubre (poesía, 1982), Niveles del imán (antología de poetas dominicanos en New York, 1983), Inriri (poesía, 1984), Helen (poesía). Pero el libro Reflexiones acerca de la literatura latinoamericana (ensayo, 1986) le sirvió para deslindar los campos. Hay una insistencia creativa, crítica, narrativa.
     La trayectoria de Gutiérrez incluye tres momentos que marcan su ejercicio. Poesía, ensayo y narrativa. La etapa ensayística la inició en 1986 y mantendrá una línea de publicación durante esa década y las dos siguientes. Aparecen los títulos Aproximaciones a la narrativa de Juan Bosch (ensayo, 1987), Antología histórica de la poesía dominicana del siglo XX (1995), Enriquillo: radiografía de un héroe galvaniano (ensayo, 1999) y Evas terrenales: bio-bibliografías de 150 autoras dominicanas (2000), Literatura dominicana en los Estados Unidos (ensayo, 2001, en colaboración con Daisy Cocco de Filippis) 33 historiadores dominicanos (bio-bibliografía, 2002) y Palabras de ida y vuelta (ensayos, 2002).
     En su libro Palabras de ida y vuelta hay una reunión que honra el artículo crítico, la reseña de libros, destaca valores de importantes escritores dominicanos y fundamenta con ensayos de rigor momentos importantes de la literatura universal.
     El punto de partida del libro está en las propias raíces. Hay que leer “Ercilia Pepín: transparencia de una entrega plural” para conocer los valores que esta-blece, a partir de la educadora, de otras importantes mujeres dominicanas, poe-tisas y singulares novelistas del siglo veinte. Así conocemos la trayectoria de Virginia de Peña de Bodas con un hito Toeya, la novela que analiza Gutiérrez medio siglo después de su publicación. En cuanto a Jesusa Alfau Galván, abre una investigación y pondera críticamente los alcances de dos libros que forman parte de la historia literaria dominicana, pero que no tienen esa incidencia, porque ya nadie lee y mueren en el olvido.
     Tiene razón Gutiérrez cuando se refiere a ella. “Jesusa Alfau Galván es prácticamente una desconocida en República Dominicana, pues forma parte de un nutrido grupo de escritores dominicanos que durante la primera mitad del siglo XX produjo gran parte de su obra en el extranjero”. El objeto de “Jesusa Alfau Galván: entre Los débiles, Las Novedades y el olvido” es servir de memoria de relevo, atacar el olvido y exponer los valores que indudablemente tiene esta autora y sus obras.
     La intención del rescate nutre también el trabajo “Virginia de Peña de Bordas: Toeya, medio siglo después”. Una escritora que podría definirse como extraña, aislada y poco fecunda. Murió joven, a la edad de 44 años, y dejó publicadas varias novelas. Inició con la publicación de cuentos infantiles; pero Franklin Gutiérrez fundamenta su atención en la novela Toeya y ponera los propósitos creativos de su autora. En realidad, Virginia de Peña de Bordas convierte su novela en un hilo de continuidad, una especie de conexión entre el pasado indigenista o de temas sobre los primeros pobladores de la isla de Santo Domingo y que trabajaron Alejandro y Javier Angulo Guridi, Félix María del Monte, José Joaquín Pérez, Salomé Ureña y Manuel de Jesús Galván.
     La literatura dominicana, a través del tiempo, se afianza y consolida, gana lectores y tiene su historia. El trayecto y la impronta de cada escritor y cada obra que publica forman parte de esa historia, revelan nuevas rutas de universalidad y ensanchan nuestra cultura. Eso se fundamenta en la literatura de escritores de las últimas tres décadas que tiene un gran espacio y merece la atención de Gutiérrez en Palabras de ida y vuelta. Así, pondera el genio narrativo de Pedro Vergés, Rafael García Romero y Pedro Antonio Valdez.
     En el contexto de la literatura dominicana, ya la obra de estos tres escritores tiene un espacio. En el caso específico de Pedro Antonio Valdez es un escritor joven, que con apenas 34 años ya tiene una atención internacional impresionan-te. Entró al mundo de la literatura en 1989, cuando obtuvo el primer premio en el concurso de Casa de Teatro con su cuento “El mundo es algo chico, Librado”. En 1992 ganó el Premio Nacional “José Ramón López” de Cuento con su libro Papeles de Astarot. Su primera novela Bachata del ángel caído logró el Premio Nacional de Novela, en 1998. Valdez ha obtenido además lauros como poeta y autor teatral. Es además autor de varias antologías de cuentos. En el 2001 publicó el volumen de cuentos La rosa y el sudario. En poesía, con el libro Naturaleza muerta, obtuvo el Premio UCE en el 2001, y que concede la Universidad Central del Este cada año. La editorial Alfaguara acaba de publicar su novela Carnaval de Sodoma.
     Los atributos y alcances poéticos de José Acosta y León Féliz Batista quedan expuestos en el estudio sobre sus libros Territorios extraños y Destrucciones (de Acosta) y Se borra si es leído (una singular antología poética de Félix Batista que contiene su producción poética total: Oscuro semejante, Negro eterno y Vicio).
     El trabajo que publica Gutiérrez sobre León Felix Batista está basado en una visión justiciera, ya que se trata de un poeta muy singular dentro del panorama de la literatura dominicana contemporánea. Tiene un origen impresionante: se forma en el influyente Taller Literario César Vallejo de la Universidad Autónoma de Santo Domingo, fragua de vates marcados por un modelo de poesía que hizo escuela en los años ochenta. En poco tiempo Batista empezó a inclinarse hacia el culto de una poética singular que lo fue acercando a otros modelos literarios. Grandes plumas europeas, latinoamericanas y del propio Caribe cautivan su atención. Durante casi dos décadas vivió en Nueva York. En cuanto a su obra, tiene un impresionante conjunto poético: El oscuro semejante (Santo Domingo, Egro, 1986), Tour por todo (Barcelona, Las Hojas del Diluvio, 1995), Negro eterno (Santo Domingo, Casa de Teatro, 1997), Vicio (Casa de Teatro, 1999), cuya segunda edición se publicó en Buenos Aires bajo el título de Crónico (Tse-Tse, 2000), y Burdel Nirvana (Premio Casa de Teatro 2001).
     En el último tramo del libro, el autor se interesa por escritores y obras de la literatura hispanoamericana y española con el objetivo confesado de hacer un trabajo histórico-referencia sobre Rubén Darío y obras como El Conde Lucanor, El Perro del Hortelano y la obra cumbre de Alonso de Ercilla: La araucana.
     Este libro Palabras de ida y vuelta, igual que los anteriores de Franklin Gutiérrez, tiene una característica, una marca de escritura, una voluntad: la preocupación de hacer un registro de las andanzas de la literatura dominicana en su búsqueda de nuevas rutas de universalidad que ensanchen nuestra cultura.        
    

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