Escritores dominicanos
Página dedicada a la promoción de la literatura dominicana



LA HISTORIA DEL INMIGRANTE ESPAÑOL ÁLVARO DE CASTRO, ASENTADO EN LA ISLA DE SANTO DOMINGO POR EL AÑO 1532, TRASCIENDE POR SUS HABILIDOSAS FULLERÍAS PARA OTORGARSE TÍTULOS PROFESIONALES INMERECIDOS.

     En la calle se sabe y se divulga que la gente dominicana tiene debilidad por los títulos profesionales. Hacerse de una carrera para de inmediato anteponer su denominación al nombre de pila, parecería ser el interés de numerosos paisanos. No es extraño que al conocer a una persona, ésta se nos presente: "Licenciado fulano de tal", como si la palabra "Licenciado" fuera su primer nombre. A tal punto llega la fascinación titular que en ciertas instituciones hay personas conocidas simplemente como "El ingeniero", sin que muchos sepan su apelativo. Debe advertirse la existencia de individuos que, habiéndose graduado de doctores, se sienten apocados u ofendidos si alguien los llama "licenciados". Por supuesto, no tiene nada de malo que dentro del espacio laboral un profesional quiera ser reconocido por sus méritos académicos. El desentono viene cuando éste insiste en ser llamado por su título en toda ocasión, por ejemplo, en una discoteca, sábado, tres de la madrugada. En casos semejantes, el afán por la titularidad desemboca en el ridículo.
      Esa debilidad lleva a que muchos se atribuyan títulos profesionales que no poseen. Franklin Gutiérrez escribió sobre ese asunto en un artículo donde cita a personas de nuestra vida literaria, entre ellos Joaquín Balaguer, que se han valido de ese peculiar recurso de simulación. Si uno hurga la historia de la isla, y va más allá de los falseados títulos de algunos de nuestros presidentes, y pasa por las universidades que vendían grados en los años ochenta, y deja atrás el culto trujillista por las adjetivaciones, y se mete más hacia lo hondo, puede encontrarse con el individuo que probablemente, ya en la primera fase de la colonización de La Española, introdujo por la puerta grande el obscuro arte de falsear títulos académicos. Vamos a hablar del bachiller Álvaro de Castro.
      El español Álvaro de Castro vivió en nuestra isla en la primera mitad del siglo XVI. Era un clérigo que gracias a su poder de influencia y a un título de bachiller llegó a ser funcionario de la Inquisición. Muchos lo consideraban un sujeto alborotador y pendenciero. Se trataba de un hombre de armas tomar, amigo de fiestas profanas, acumulador de bienes, preñador de indias y acosador de casadas, cura de mañas inconfesables. Al momento de su muerte tenía una apreciable fortuna en bienes y dineros. No hablamos de un pícaro, porque desde el Lazarillo hasta el magistral Zama de Antonio Di Benedetto, el pícaro es un infeliz que trata de utilizar su ingenio para reponerse a las adversidades. Y Álvaro aparece en la historia como un victimario. Era un ácido o, para decirlo en nomenclatura alquimista, un preparado demoníaco.
     Aunque diversos documentos recogen algunos de sus actos de administración clerical, su fama nos llega con amplitud gracias a un proceso que por actos dolosos le levantó el promotor fiscal Diego Sánchez en 1532. A fin de reunir la opinión de diversos testigos, se prepararon cuestionarios que fueron respondidos por moradores de Santo Domingo, La Concepción, Santiago y otras villas de la isla. En uno de esos interrogatorios se preguntaba si los testigos tenían noticia de que el título de bachiller que ostentaba Álvaro de Castro era verdadero. El bachiller era el primer grado que otorgaban las universidades; el término proviene del latín Baccalaureus, palabra relacionada con una corona de frutillas o bacas de laurel con que los antiguos coronaban a los graduados. La pregunta del promotor fiscal tenía valor, pues el clérigo desempeñaba importantes cargos relacionados con su supuesto nivel universitario. Además no era correcto que una persona se aprovechara de una preparación académica de la que carecía. En España se prohibía llamarse por títulos falsos, so pena de que los infractores fueran considerados falsarios y perdieran la mitad de sus bienes.
     De todos los interrogados en el proceso contra Álvaro de Castro, unos afirmaron que no sabían, mientras que la mayoría dudaba del supuesto bachillerato o bacalario. El presbítero Gonzalo Sánchez dijo en su respuesta que el acusado poseía bajo linaje y maneras, y que éste no era letrado suficiente. El testigo Álvaro de León dijo conocer que de Castro era hijo de un villano de Abarca "e que sabe e a visto que no es letrado". El maestrescuela de La Concepción, Antonio Marques, afirmó que el procesado no era letrado ni tenía grado de bachiller. Pedro Cornejo, vecino de Santiago, se quejaba de que en el Santo Oficio no debería estar ese clérigo que no era letrado, y que en su lugar debía ponerse una persona de más habilidad en las letras y las ciencias. Ya que el término "letrado" designaba igualmente a alguien versado en letras o en derecho, estos testimonios dejan claro que para muchos el acusado no poseía suficientes conocimientos de gramática ni de leyes.
      Los detalles sobre el origen del falso bachillerato de Álvaro de Castro fueron ofrecidos por dos testigos. Cristóbal Dea, canónigo de la catedral de La Concepción, contó que durante su vida en España, el procesado tenía una amiga llamada Juana de Villoria Brales, y que fue ella quien le confirió el bacalario, porque éste andaba con una loba de estudiante, y que por eso se le quedó el nombre de bachiller "y no por otro grado nynguno queste testigo aya visto ny oydo e que sabe e a visto que no es letrado ny persona que tiene letras ny ciencia...". Pero el vecino Pedro Palomo dio informaciones más precisas sobre esta graduación. Informó que conoció al acusado en Palencia, mientras este era despensero del obispo Pero Xuares Dea. Dijo que un día entró a la casa de dicho obispo una moza llamada Juanica de Villanbrales a preguntar por el bachiller Álvaro de Castro. El prelado, admirado, preguntó el nombre del bachiller, y al responder ella que Álvaro de Castro, "allí se quedaron todos riendo y desde en adelante le llamaron todos bachiller, más por escarnio que de él hacían, que no por honra". Se quiera o no, este ejemplo engrosa el inventario de aquellos dominicanos devotos de la herencia cultural española. En Álvaro de Castro tienen nuestros falseadores de títulos académicos a un genuino propulsor. Esos que han comprado y lucido grados universitarios o han dado lustre a su carrera política con la abreviatura de un falso título al inicio de su nombre, deberían ponerse de acuerdo para homenajear a este reconocido predecesor. Me atrevería a sugerir que, en esta época de extraños monumentos, le erijan en el centro de la ciudad una colosal estatua de oro. De oro falso, claro está.

   


REGRESAR A LA PAGINA PRINCIPAL
www.escritoresdominicanos.com
El falsificador de títulos
Por Pedro Antonio Valdez