Escritores dominicanos

Página dedicada a la promoción de la literatura dominicana
            Panorama histórico de la novela dominicana


      La novela dominicana nace en el siglo XIX bajo el signo romántico francés y, al igual que en Hispa-noamérica y el Caribe, su aparición es tardía. Los estudiosos dominicanos del género, entre ellos Carlos Estaban Deive, Bruno Rosario Candelier, Marcio Veloz Maggiolo y Abelardo Vicioso, coinciden al señalar dos razones fundamentales para dicho letargo: la ausencia de condiciones sociales, culturales y econó-micas en la isla para producir textos ficticios y la implementación de una Cedula Real dictada por las au-toridades españolas el 4 de abril de 1531 que prohibía el envío y la difusión de libros de “romance, de historias vanas o de profanidad” a las Indias. Esas razones, como lo han demostrado el argentino Enri-que Ander-son Imbert, el chileno Fernando Alegría y el peruano Luis Alberto Sánchez, entre otros, son aplicables indistin-tamente a todos los territorios conquistados por España. Durante los siglos XVI y XIX la pro-ducción de textos narrativos en la Hispaniola se limitó a los escasos pasajes de matiz literario que aparecen en Historia de la Indias, Historia general y natural de las Indias y Relación acerca de las anti-güedades de los indios, de Bartolomé de las Casas, Gonzalo Fernández de Oviedo y Fray Ramón Pané, respectivamente.

      Empero, los llamados cuentos de camino, provenientes de España, se popularizaron en to-da la Isla, convirtiéndose así en la fuente folklórica-literaria más importante existente en esos tres siglos. La prime-ra novela dominicana en orden cronológico es Los amores de los indios, de Alejandro Angulo Guridi, escrita en Cuba y publicada en ese mismo país en 1843. Los amores de los indios es una obra de corte indianista cuyos protagonistas son indígenas cubanos, no dominicanos. A ésta le sucede El montero (1856), de Francisco Bonó, novela de tema costu-mbrista que resalta el valor del “montero”, personaje rebelde que hizo de la cacería de ganado en los montes un estilo de vida particular y un modo de sub-sistencia riesgoso. Luego, en 1879 Manuel de Jesús Galván dio a la publicidad la primera parte, y en 1882 la versión completa, de Enriquillo, novela esencial del indianismo histórico hispanoamericano. El ciclo novelístico deci-monónico dominicano lo cierra Francisco Gregorio Billini con Baní o Engracia y Antoñita (1892), obra exponente del ambiente, las tradiciones y las costumbres banilejas de entonces.  

     Con la finalidad de exaltar los valores patrios y poner en perspectiva los acontecimientos históricos más importan-tes ocurridos en la sociedad dominicana entre 1844 y la gesta restau-radora nacional de 1863, Federico García Godoy publicó la trilogía Rufinito, Alma dominicana y Guanuma (1908). Orientada en el mismo sentido, pero con la dictadura de Ulises Heureaux como motivo central, Tulio Manuel Ceste-ro publicó La Sangre en 1913. Otra novela que exalta el nacionalismo criollo y analiza las revoluciones caudillistas nacionales desde una  óptica  poli-tica amplia es La Mañosa(1936) de Juan Bosch. De 1936 es también Los enemigos de la tie-rra, de Francisco Andrés Requena, que plantea las consecuencias de la emigración del cam-pesino dominicano hacia la capital.

     El tema de los ingenios y la industria azucarera entra a la narrativa nacional bajo la denominación de “novela de la caña”. A esa tendencia pertenecen Cañas y bueyes (1936) de Francisco Moscoso Puello; Over (1939), de Ramón Marrero Aristy y Jengibre (1940), de Pedro Andrés Pé-rez Cabral. Estas tres novelas denuncian, desde posiciones políticas y planteamientos estéti-cos diferentes, el deplorable drama que padecían los trabajadores de los ingenios azucareros dominicanos de las primeras décadas del siglo XX. La explotación económica, el dolor huma-no, la humillación y la crítica abierta a la tiranía trujillista conforman el hilo temático de las mismas.

     Paralelo a estas novelas de denuncia social y política aparecen otras destinadas a engran-decer la figura de Trujillo y su familia. No eran, en el sentido estricto de la palabra, novelas por encargo, sino textos producidos por autores que voluntariamente quisieron congraciarse con el régimen trujillista. Incluso, muchas de ellas fueron escritas por novelistas aficionados o por periodistas que pusieron su pluma al servicio de la tiranía. Entre ellas se destacan: Eusebio Sapote (1938) de Enrique Aguiar; Revolución (1942), La cacica (1944) y Hello Jimmy (1945) de Rafael Damirón; Cachón (1956), de  Miguel Angel Monclús.    


           
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