Escritores dominicanos

Página dedicada a la promoción de la literatura dominicana
            Panorama histórico de ensayo dominicano



    
ENSAYO. Escrito en prosa sobre un tema específico sin pretensiones científicas ni conclusión defini-tiva. El término ensayo fue usado originalmente para designar aquellos escritos experimentales que os-cilaban entre la ciencia y la literatura. Pero esa concepción ha ido cambiando paulatinamente, al extremo de que en la actualidad se le da categoría de ensayo a aquellos textos que mediante la exposición, la discusión y la evaluación de un tema determinado pretende validar la tesis expuesta en el mismo. El iniciador del género fue el francés Miguel de Montaigne (1533-1592), quien en 1580 publicó una serie de escritos sobre sus confesiones personales titulado Essais (Ensayos). Posteriormente, en 1597, el inglés Francisco Bacon (1561-1626) dio a la publicidad su obra Ensayos, medita-ciones religiosas, tópicos de persuasión y de discusión. Entre otros propulsores europeos del ensayo sobresalen: Joseph Addison (1672-1719), Gaddhold Lessing (1729-1781), Johann Goethe (1749-1832), Tomás Carlyle (1795-1881), Tomás Macaulay  (1800-1859), Hipólito Taine (1828-1893), Paul Valery (1871-1945), Thomas Mann (1875-1955) y Gyorgy Lukacs (1885-1971).

       En España, donde el ensayo toma verdadero cuerpo en el siglo XIX, han ganado fama como ensa-yistas Angel Ganivet (1865-1898), Miguel de Unamuno (1864-1936), José Ortega y Gasset (1883-1955) y Amé-rico Castro (1885-1972). Hispanoamérica, por su parte, ha dado figuras de la talla de Juan Montalvo (1833-1889), José Martí (1853-1895), José Vasconcelos (1881-1959), Pedro Henríquez Ureña (1884-1946), José Carlos Mariátegui (1895-1930), Oc-tavio Paz (1914-1998) y Roberto Fernán-dez Retamar (1930). En República Dominicana, como en casi todo el que resto de América Latina, el ensayo surge formalmente en la segunda mitad del siglo XIX y adquiere notoriedad en el XX.

       Su orientación ha sido tradicionalmente histórica, política, sociológica y literaria. Es difícil fijar el punto de partida del ensayo dominicano, pues antes de que dicho género alcanzara cierto nivel de ma-durez en el país, hubo un grupo considerable de escritores que expresaron sus inquietudes políticas, sociales y literarias a través de la prosa ensayística. Los ideales revolucionarios de los independentis-tas y los restauradores, así como el arribismo y el antinacionalismo de los intelectuales conservadores dominicanos de la segunda mitad del siglo XIX predominan en los escritos periodísticos de los más valio-sos representantes de la primera oleada de ensayistas nacionales.  Los artículos de  Alejandro Angulo Guridi (1816-1884), particularmente los publicados en los semanarios El Orden, La República, La Reforma y El Progreso y reunidos posteriormente en su obra Temas políticos (1891), reflejan el nivel de desajuste político de la sociedad dominicana de su época.

      Aunque menos profundo que Guridi en el análisis de temas políticos, pero más hábil que muchos de sus coetáneos en la percepción de las costumbres y los males sociales locales, Ulises Francisco Espai-llat (1823-1878) motivó a muchos de sus acólitos a cultivar la prosa periodística. Labrados con un estilo fluido y ameno, pero de ingrato recuerdo para el pueblo domini-cano por su contenido alienante y pesi-mista, fueron los editoriales anexionistas del periódico La Razón firmados por Manuel de Jesús Galván (1834-1910) los cuales fueron complemen-tados años después con su defensa a Pedro Santana divul-gada en los semanarios Oasis y Eco de la Opinión. Otra figura importante en esa etapa embriona-ria de la ensayística nacional fue Manuel de Jesús Peña y Reynoso (1834-1915), autor de ensayos sobre la novela Enriquillo, de Manuel de Jesús Galván  y Fantasías indígenas, de José Joaquín Pérez. Pero el más notable ensayista literario dominicano del siglo XIX y de las dos primeras décadas del XX fue Fede-rico García Godoy, quien inició su labor crítica en 1882 en el periódico El Porvenir exten-diéndose hasta el momento de su muerte, ocurrida en 1924. Sus opiniones fueron difundidas en importantes revistas y periódicos nacionales y extranjeros y en sus obras Perfiles y relieves (1907), La hora que pasa (1910), Páginas efímeras (1912), El derrumbe, 1916 y Americanismo literario (1918).

      José Ramón López (1866-1922), aferrado originalmente a la propuesta gastronómica que asocia el triunfo de los pueblos  al tipo de alimentación de sus habitantes, figura entre los primeros de un connot-ado número de intelectuales nacionales que como Américo Lugo (El Estado dominicano ante el derecho público, 1916 y El nacionalismo dominicano, 1923), Francisco Moscoso Puello (Cartas a Evelina, 1941), Manuel Arturo Peña Batlle (La isla de la Tortuga), Juan Isidro Jimenes Grullón (La República Dominica-na,: una ficción, 1965), Joaquín Balaguer (La isla al revés, 1983) y Juan Bosch (El pentagonismo, susti-tuto del impe-rialismo, 1963 y  David, biografía de un rey, 1968), se disputaron las diversas corrientes ideoló-gicas de la ensayística isleña. De ellos, Peña Batlle, Moscoso Puello y Balaguer, supeditaron  su producción a la corriente denominada pesimismo dominicano, la cual partía de la creencia conservado-ra de que la República Dominicana era incapaz de desarrollarse por sí misma. Otros, en cambio, como Juan Isidro Jimenes Grullón y Juan Bosch se apoyaron en el discurso sociológico e histórico para revi-sar muchos y rectificar muchos de los planteamientos de sus predecesores inmediatos.

      Actualmente en los ensayistas dominicanos de temas históricos y sociológicos prima el interés por deslindar el concepto de nacionalidad, los conflictos raciales y la función social de los intelectuales lo-cales. Los ensayos de Manuel Núñez (El ocaso de la nación dominicana, 1990), Andrés L. Mateo (Mito y cultura en la era de Trujillo, 1993),  José Rafael Lantigua (La conjura del tiempo, 1994) y Federico Henríquez Gratereaux (Un ciclón en una botella, 1996)   son ejemplos notables de dicha tendencia. Otros, como Miguel Guerrero (Los últimos días de la era de Trujillo, 1995, La ira del tirano, 1996 y Trujillo y los héroes de junio, 1996) y Mu-Kien Adriana Sang (Ulises Heureaux: biografía de un dictador, 1987, Buenaventura Báez, el caudillo del Sur, 1991 y Una utopía inconclusa: Espaillat y el liberalismo dominicano del siglo XIX, 1997) han encontrado en el pasado histórico la vía idónea para revisar mu-chos capítulos nebulosos de la historia nacional, especialmente los relacionados con el papel jugado por varios de los dictadores  dominicanos.

      Desde inicio del siglo XX, el ensayo literario comienza a ganar terreno. Surgen, entonces, las voces de Pedro Henríquez Ureña (Ensayos críticos, 1905, Seis ensayos en busca de nuestra expresión, 1927, Literary Currents en Hispanic América, 1946), Max Henríquez Ureña (Breve historia del modernismo, 1964), Camila Henríquez Ureña (Apreciación literaria, 1964) y Antonio Fernández Spencer (Ensayos literarios, 1960) quienes asumen, por primera vez en la historia de las letras dominicanas, el análisis y la crítica literarias con objetividad científica. Exceptuando a Bruno Rosario Candelier (Lo culto y lo popular en la poesía dominicana, 1979, La imaginación insular, 1984 y La creación mitopoética, 1989), Diógenes Céspedes (Seis ensayos sobre poética latinoamericana, 1983, Estudios sobre literatura, política  Lenguaje y poesía en Santo domingo en el siglo XX, 1985,  Política de la teoría del lenguaje y la poesía en América Latina en el siglo XX, 1995), José Alcántara Almánzar (Estudios de poesía dominica-na, 1979), Daisy Cocco De Filippis (Estudios semióticos de poesía dominicana, 1984) y Manuel Matos Moquete (El discurso teórico en literatura en América Hispánica, 1983 y En la espiral de los tiempos, 1998), la más reciente promoción de ensayistas literarios nacionales, entre ellos: Manuel Mora Serrano, Miguel Angel Fornerín, José Enrique García, etc. han desarrollado una invaluable labor en la prensa nacional como articulistas, reseñadores de libros y cronistas literarios.    


           
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