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Leon Felix Batista
Poesía Junta
Santo Domingo: Consejo Presidencial de Cultura, 2000, 331pp.

Por Franklin Gutiérrez


Hablar de la obra reunida de un autor que apenas ha
vivido la mitad de su vida y escrito una tercera parte
de su obra, es una osadía. Por eso al acercarme a la
poesía de León Felix Batista por medio de Se borra
si es leído, un volumen que contiene sus tres libros
publicados hasta ahora: Oscuro semejante, Negro Eterno
y Vicio, me declaro un temerario empedernido.

Aunque muchos artistas detestan el aparcela-                                                                    miento, no hay modo de excluir a León Felix                                                                     Batista de la generación de los 80, un grupo de                                                                  escritores dominicanos surgido inmediatamente                                                                 después del período de los doce años de                                                                           Balaguer, que le tocó la engorrosa tarea de
despojar a la literatura criolla del manto de sangre
en la que envolvió la generación anterior por la
presión ideológica de dicho régimen. El propio
Batista se ha quejado de “la década de sangre de
sus cuencas” 

     Su primer poemario, Oscuro semejante (1988), es un libro donde el autor manifiesta, como casi todos sus compañeros de generación, una inquietud insaciable por la renovación del lenguaje. Muchos de los críticos que han abordado la producción de los ochentistas han llamado hermetismo a esta búsqueda, quizás porque como dice Miguel de Mena en estos poetas “surgió una honda preocupación por la finitud del ser, por la muerte y por la metafísica de las costumbres” o como asevera José Mármol, porque este grupo de creadores ha enfilado su discurso hacia el “acercamiento entre la poesía y la filosofía, para rescatar y valorar la pasión por la invención del mito”.

     Más que enarbolar discurso expresamente hermético con respecto al lenguaje, León Felix Batista aboga por liberarse a sí mismo y por liberar a sus coetáneos del vacío espiritual que “hoy día hace que la realidad esté de espalda al tiempo”. Oscuro semejante es la respuesta de un poeta en formación a sus inquietudes ontológicas. El dualismo claridad-oscuridad, obvia en otros ochentistas como Dionisio de Jesús (Axiología de la sombra); Adrián Javier (El oscuro rito de la luz) y José Alejandro Peña (Pasar de sombra), es también una constante en Oscuro semejante. “Lo sombrío es el resto, el semejante soy yo”, asevera el poeta.         
Su segundo libro Negro eterno (1997) apunta hacia otra dirección: la recuperación del pasado, pasado que no es tal cosa, sino presente en toda su plenitud. Los poemas están armados con títulos o letras de canciones de las décadas de los 30 y 70, especialmente boleros. La utilización de temas de canciones en la literatura latinoamericana contemporánea ha dado frutos francamente positivos. José Donoso, por ejemplo, en El lugar sin límites 1966), hace referencia a las canciones "Bésame mucho" y "Flores negras", e inserta parte de las letras del bolero "Vereda tropical". Manuel Puig, por su parte, construye los epígrafes con que inicia cada uno de los capítulos de su novela Boquitas pintadas (1969) con letras de un tango de Alfredo Le Pera, excepto los capítulos dos y quince, que tienen fragmentos de canciones de Luis Rubinstein y de Agustín Lara. Del mismo modo, "La vida es una cosa fenomenal", de Macho Camacho, es la materia prima de La guaracha del Macho Camacho (1976) de Luis Rafael Sánchez; mientras que Pedro Vergés hace que sus personajes bailen al ritmo del bolero "Cenizas, de Wello Rivas, en Sólo cenizas hallarás (bolero).

     A partir de 1980, aunque con otras motivaciones, el interés de los escritores latino-americanos por las canciones populares ha crecido progresivamente. Así, al análisis de las situaciones personales, políticas o sociales de los consumidores de boleros se han incorporado también a la biografía  de algunos intérpretes de éstos. Los ejemplos más recientes lo constituyen las novelas Bolero (1986), de Lisandro Otero y La importancia de llamarse Daniel Santos (1988), de Luis Rafael Sánchez.

     La primera es un intento de ubicar al popular músico e intérprete cubano Beny Moré en el lugar que le ha escamoteado la historia y, la segunda, ofrece los hechos y las circunstancias que convirtieron al cantante puertorriqueño Daniel Santos, mejor conocido como "El inquieto anacobero", en una de las figuras de la canción popular más aclamada en la República Dominicana, Puerto Rico, Panamá, Venezuela, Cuba, Perú, Colombia y otros países más donde temas como "Linda" y "Dos gardenias" fueron eternos antídotos para el dolor y la desesperación de los corazones enamorados.           

     Ahora cuando el tema parecía agotarse León Felix Batista  erigiendo, como dice él, “un homenaje a la canción iberoamericana, nos incita a salir nuevamente a la pista a saborear “Haz esta noche perpetua”, “Porque tu barca tiene que partir”, “Cómo de que no”, “Yolanda, qué lindo nombre”, Como me besabas tú” u otro cualquiera de las 87 canciones evocadas en Negro eterno. Vicio, el tercero y más reciente poemario de León Félix Batista y el último del volumen Se borra si es leído, es un libro atrevido, bastante distante de sus dos primeras obras poéticas. Es éste la acción es acalorada y sofocante, donde los protagonistas, casi siempre el mismo poeta, se mueven entre clítoris, pelos, penetraciones, esperma, cavidades oscuras, miembros erectos y zonas húmedas. Poemas como “Paja brava”, “Mil desnudos en el baño”, “Fragmentos de sueños húmedos”, “Autorretrato con condón”, “Descenso al pozo”, “Melocotones vírgenes” y “Penetraciones amateur” invitan abiertamente a un combate carnal enfurecido. El morbo implícito en la mayoría de los textos rebasa los límites de lo erótico provocando en el lector una gran apetencia sexual. La actividad sexual es interminable y cada escena tiene matices irrepetibles. A veces, incluso, como ocurre en “Melocotones vírgenes” y “El baño de las nupcias” se pasa del placer al dolor o de lo fragante a lo nauseabundo.     

     En Vicio, empero, nada alarma, pues León Félix Batista elabora los poemas con precisión y simetría arquitectónicas, colocando las palabras con la misma delicadeza que el dibujante traza cada línea sobre el papel. De ese modo crea un sistema armónico conciso y hermético que le ayuda a encubrir sus incontables seducciones, eyaculaciones, masturbaciones y penetraciones. En consecuencia, su propuesta sexual, que en principio luce bochornosa, se convierte ser un juego de imágenes en las que sucumben sus sueños húmedos y sus desnudos integrales. Vuelto a la realidad el poeta comprende, entonces, que la responsable de sus locuras carnales es la poesía y decide retornar en busca los ángeles y demonios que les provocan esos arrebatos poéticos.



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El callejón de las flores, de Ligia Minaya
Santo Domingo: Editora Buho, 1999, 90 pp.

                                     
                                         El festin de los cuerpos

Pedro Antonio Valdez


Con la aparición del libro El Callejón de las Flores, de                                                        Ligia Minaya Belliard, se ha puesto de manifiesto un                                                           hueco temático dentro de la narrativa dominicana: el                                                           erotismo. Verdaderamente, en nuestra tradición no                                                             contamos con muchos textos que tengan como objeto
y fin la experiencia erótica. Por supuesto, las escenas                                                         sensuales han estado presentes, incluso en ciertos                                                              pasajes de Juan Bosch, un autor que no se caracteriza                                                         por el juego de lo sensible, o en los chispeantes                                                                  encuentros corporales de Pedro Peix, para citar dos                                                           ejemplos. Sin embargo, se trata de partes dentro de                                                            una narración y nunca de un todo. Yo sospecho que
una de las razones de esta carencia cuantitativa se                                                              debe a que el escritor está condicionado en exceso por
el conservadurismo de nuestra sociedad, siempre
recelosa de la publicación de la experiencia sensual.
Por eso no tenemos una escritura meramente erótica, ni siquiera una literatura propiamente gay [no es fortuito que, entre nosotros, los gays sean muy “machos” o muy “féminas” en sus escritos]. En este tenor, se puede decir que no hemos asumido el poder de quebrar barreras, del que nos dota el acto creador.

     El Callejón de las Flores llama la atención, de entrada, por la libertad con que la autora toca la temática del erotismo. En cada uno de sus once relatos, entramos a una rutina sensual compuesta casi siempre por un masaje, una caricia bucal y el enganche carnal. Los cuerpos de los personajes se inundan de placer. Vibran al ritmo del roce, del olor, de la visión del cuerpo bien esculpido, del sabor de la otra piel, de la música del éxtasis producido durante el lance amoroso. Y la narradora realmente nos convence de que algo bueno y de profundo deleite está acaeciendo allí. Sin embargo, hay otros elementos que hacen que estas narraciones produzcan un feliz efecto en el ánimo del lector.
   
     La autora no se limita a presentarnos viñetas eróticas a secas. Para cada historia, ella elige personajes –siempre parejas heterosexuales, salvo en un caso– que forman relaciones no muy comunes, a menudo tabúes. No le tiembla el teclado para reunir los cuerpos en situaciones de incesto, en el amarre de faldas que incluye a un sacerdote o en la clásica y siempre oculta aventura de infieles. Es notorio el hecho de que los episodios son plasmados desde la visión de la mujer, al punto de que los hombres se expresan con un tono marcadamente femenino. Esto, si se quiere, también puede ser visto como un justo ajuste de cuentas, pues ¿cuántas veces no hablan como hombres los personajes femeninos creados por narradores?

     Los espacios suelen estar repletos de plantas y flores que servirán como instrumentos de excitación. A veces los personajes se encuentran en entornos llenos de vegetación, lo cual ayuda a crear una atmósfera de frescor y de dulzura frutal. Da la impresión de que aquí Ligia recrea el mundo a partir del manso encanto de la memoria, donde los conflictos pueden ser puestos fácilmente a un lado para dejar que del recuerdo emerjan los espacios ideales. Así, no se limita a deleitar con el lance sensual, sino que, de paso, nos invita a disfrutar una atmósfera de delicias naturales. Y todos estos recursos los hila mediante una prosa cuidada y de imágenes exuberantes, en la que los hechos y las situaciones son manejados con soltura. El buen resultado de esta alquimia puede apreciarse con claridad en el relato que da nombre al libro.
     Lo mejor que puede tener un libro o una obra de arte es llenar un espacio. Eliminar un hueco dentro del amplio rompecabezas que es el arte. Y El Callejón de los Milagros llena un espacio en la narrativa dominicana. Se muestra como un desafío, como una puerta abierta para cruzar los límites de la cotidianidad a través de la escritura.


































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