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I. Generales y entorno de Cecilia Valdés Todos sabemos la historia de Cecilia Valdés: Siglo XIX, esclavitud en Cuba, Cecilia es mujer negra de sangre, pero físicamente “parece blanca”, por ser el fruto de una negra y un patrón blanco, y Cecilia se hace amante de Leonardo, el joven blanco que, sin ambos cono-cerlo, es su hermano, y los dos se mudan juntos contra la negación de sus familias, pero he aquí que Leonardo la abandona luego por otra mujer, blanca ella, para que al fin todo termi-ne en una tragedia: el asesinado de Leonardo, la negra soledad de Cecilia. Esta fascinante novela de Cirilo Villaverde (Cuba, 1812-1894) es tan cautivadora que a tra-vés del tiempo ha servido de base a un rango de recreaciones que van desde magníficas piezas de alta escena hasta el disparate telenovelesco amadrinado por Celia Cruz bajo el títu-lo “El alma no tiene color”. La historia sostiene su clasicidad —es decir, su interés continuo — en la profundidad de las pasiones y en la fuerza de su significación social. Por eso no ex-traña que su marco conceptual haya sido últimamente desarrollado por uno de los más grandes dramaturgos latinoamericanos del siglo XX: Abelardo Estorino. II. Noticias de Estorino, y de sus andanzas “Parece blanca” es el título de la versión teatral escrita y dirigida por Abelardo Estorino. Es-te dramaturgo nació en Unión de Reyes, Cuba, 1925. Graduado de teatro en la Habana, pronto cambió el estéril universo de los molares por la vitalidad teatral. Esta decisión tomada en los años ‘50, ha dotado a la dramaturgia de piezas importantes como El peine y el espejo, El robo del cochino, Las vacas gordas, Los mangos de Caín, El tiempo de la plaga, La dama de las camelias, La dolorosa historia del amor secreto de José Jacinto Milanés, Ni un sí ni un no, Pachenco vivo o muerto, Que el diablo te acompañe, Las penas saben nadar, Vagos rumores y la que sigue siendo su texto vital: Morir del cuento. Su labor, aparte del recono-cimiento internacional, le ha hecho ganar galardones en el Premio Casa de las Américas, el Premio Nacional de Literatura 1992 y la Beca Guggenheim en 1997. Sus piezas se repre-sentan en diversos países. Como parte de la expansión de este autor, la obra en cuestión fue presentada en Repertorio Español, un pequeño teatro de New York especializado en teatro hispano (sin importar que el teatro venga de la Cuba del bloqueo, o de la Cuba odiada estúpidamente por ciertas lacras del exilio: sólo importando que sea buen teatro), en cuya acogedora sala colmó las expectativas del buen público. III. Escenificación en la humareda Con “Parece blanca”, Estorino profundiza y expande su dramaturgia, en cuanto a la complejidad del sentimiento humano y el juego escénico. El cuestionar de los personajes —hasta qué punto son realidad cotidiana, hasta dónde encarnan sólo una ficción, cuán esclavos son del autor, hasta qué punto podrían decidir por sí mismos— continúa en esta pieza. Pero esta vez el tipo de cuestionar varía, pues en ningún momento los personajes llegan a conce-birse por sí mismos como actores ni caracteres de una obra teatral, sino como personajes de una novela: los roles de “Cecilia Valdés” delineados por Villaverde. En consecuencia, al no existir ellos en un espacio meramente teatral —están en una novela— ni meramente no-velesco —confluyen en un escenario—, se crea un espacio ambiguo que quizá permite situarlos mejor en la vida cotidiana y en el tiempo específico del sistema esclavista. Por eso permanecen ondulantes en un escenario lleno de humo, sumergidos en una especie de so-mnolencia que resalta siempre su inconsistencia material. La propuesta actoral no es rebuscada: los personajes se acomodan alrededor del esce-nario, observando, esperando su turno para intervenir en el desarrollo de la consabida his-toria. (Subrayemos que no se trata de actores esperando entrar a sus personajes, sino de personajes puros; así es divertido verlos reaccionar desde fuera de una escena por sucesos acaecidos en una unidad determinada). Las escenas se van encadenando de manera natural y continua, sin cortes técnicos. La escenografía, integrada por seis o diez elementos disper-sos por el escenario —entre los que se destacan la novela de Villaverde en el proscenio, donde los personajes leen su destino, y un espejo que recuerda el mundo de las apariencias —, es compuesta durante la marcha por los mismos personajes, quienes construyen espa-cios sintetizados y simbólicos. La iluminación y la música aportan también su cuota de sen-cillez. Este planteamiento escénico —quizás extraído del “teatro dentro del teatro”, o de Grotowsky, o del Living Theatre—, no es por supuesto novedoso ni “original”; pero a los 73 años, la mayoría dedicados al teatro, Estorino ha acumulado la experiencia necesaria como para no perderse en los vagos espejismos de lo “original” y lo “novedoso”, la sufi-ciente sabiduría estética para llegar serenamente al objeto central de la obra de arte: la lu-minosa puñalada a los sentidos. De hecho, esa renuncia al ruido que suele proveer la ori-ginalidad, dota de transparencia y solidez al discurso escénico de “Parece blanca”. El reparto, organizado para encarnar una decena de personajes bajo la coreografía de Iraida Malberti, se mueve acertadamente explotando la riqueza del texto literario (es bueno señalar que Estorino es de los grandes defensores de la literatura dentro del teatro). Aunque la protagonista, Cecilia, cautiva dado el alto nivel técnico de la actriz Adria Santana, los ejes actorales descansan en René Losada —como Cándido Gamboa—, Wilfrido Serrano —co-mo José Dolores— y Denia Brache —como Charo—, pues sus interpretaciones resaltan poderosamente el movimiento en la escena. Memorable es la escena en que Cándido y Cha-ro, padres de Cecilia y Leonardo, transplantan su pasado amoroso al presente, la cual in-yecta a la historia la terrible noción del círculo vicioso. IV. Hoy quien parece blanca... La versión teatral de Estorino lleva el título “Parece blanca”, una frase que expresa ple-namente la realidad de la heroína: una mujer que más que a su ser apuesta a su parecer. Pa-ra ella, víctima de una sociedad esclavista, parecer blanca era el único instrumento que le per-mitiría ganar la dignidad humana. He dicho “instrumento”, ya que la heroína sabe que no es suficiente con la similitud, pues ser blanca es más que un color: una manera de ser pensada: ser blanca no es “parecer”, sino ser blanca. De manera que ese “parecer” debía operar en dirección al matrimonio con un hombre blanco: Leonardo. Visto así, el matrimonio supera la frivolidad melodramática para convertirse en un camino hacia la consumación del ser. Tanto “Cecilia Valdés” como “Parece blanca”, son frutos de autores que, aún distantes en el tiempo, comparten una sensibilidad social sobre el destino del hombre. Aunque la pieza de Estorino, fiel al sentido existencial de la de Villaverde, se ubica en el siglo XIX y trata un problema supuestamente lejano (la antigua esclavitud), la esencia del problema todavía está latente. Nuestra sociedad americana está salpicada de cecilias. ¿O no son cecilias, acaso, esas negras o mulatas que se alisan el pelo para ponérselo como de blanca? Hoy día la pre-potencia caucásica no suele apelar al lenguaje del látigo, sino al poderoso discurso de la estética. Aunque hace años que el espíritu de la segregación arrancó las vidas de Malcom X y Luther King —y dejemos hasta ahí la lista para no invocar viejos dolores—, la violencia material no es el único recurso de explotación racial: El poder político-cultural se impone, sobre todo, a través de su estética. “Parece blanca” nos reitera el compromiso crítico del teatro. Y nos lo recuerda trayen-do desde las sombras del tiempo un lado obscuro de la sociedad, para cotejarlo con su co-rrespondiente lado obscuro en la sociedad actual. Con esta obra, Abelardo Estorino extrae magistralmente un fragmento sensible de la historia, y amplía una vez más su cuota vital dentro del teatro latinoamericano. |
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| Cecila Valdés, entre Villaverde y Estorino Por Pedro Antonio Valdez |
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